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Trump, no gobierna: reprime y amenaza

Por Stalin Vladimir
Redacción Central 09/06/2025

Donald Trump ha soltado el látigo del fascismo en Los Ángeles. Con una torpeza brutal y una sed de control que roza lo patológico, ha lanzado a la Marina, a la Guardia Nacional y a las policías locales a reprimir como si estuviera sofocando una insurrección. Pero no hay armas ni comandos insurgentes. Hay migrantes, madres con hijos, trabajadores, estudiantes, y líderes comunitarios que exigen respeto. Y por eso Trump responde con garrotes, gases y amenazas.

Su Gobierno se ha vuelto un circo militarizado que no escucha, no razona, no respeta. Trump se arrinconó solo y ahora se defiende como los animales heridos: a mordidas, con rabia, sin conciencia del desastre que deja a su paso. Lo de Los Ángeles no es una operación de seguridad: es un castigo. Un mensaje aterrador para quienes aún se atreven a levantar la voz. En vez de gobernar con ley, lo hace con bayonetas.

La Guardia Nacional ha convertido barrios enteros en zonas ocupadas. La Marina patrulla como si se tratara de territorio extranjero. Y las calles, repletas de protestas legítimas, se llenaron de humo, de arrestos arbitrarios, de violencia desmedida. Lo que debería ser un debate migratorio se transformó en una operación militar con objetivos civiles. Eso, en cualquier otro país, se llama represión de Estado.

Lo más indignante es que Trump se victimiza. Dice que defiende la seguridad nacional, cuando lo único que defiende es su ego y su campaña. Persigue a los migrantes como si fueran delincuentes, mientras permite que las verdaderas mafias sigan saqueando desde arriba. Criminaliza al jornalero, pero protege al multimillonario evasor. Reprime al estudiante, pero se arrodilla ante los grandes donantes del complejo militar.

Los Ángeles es ahora símbolo de algo mucho más grande: el fracaso moral de un Presidente que ha perdido el rumbo. La ciudad no está ardiendo por caos, sino por dignidad. Porque la gente está cansada de las redadas, de los centros de detención inhumanos, del acoso policial, del desprecio institucional. No hay crimen más grande que buscar refugio. Y en eso consiste la “guerra” que Trump ha lanzado: en castigar el derecho a existir.

La policía, lejos de contener la tensión, la ha alimentado. Con brutalidad. Con odio. Con complicidad. Se han vuelto cazadores de seres humanos, empujados por un mandato que los aleja del pueblo y los acerca a la tiranía. Vimos niños llorando entre gases. Vimos mujeres embarazadas siendo empujadas al suelo. Vimos a ICE actuando como una milicia fuera de control. Y el Presidente, en vez de detener el abuso, lo celebra.

Trump no busca orden, busca dominación. Lo suyo no es seguridad, es espectáculo. Necesita mostrar fuerza porque ya no tiene autoridad. Y por eso recurre a lo que siempre ha sido su herramienta favorita: el miedo. A eso apuesta. A paralizar con uniformes, helicópteros y amenazas. Pero se equivoca. Porque hay un límite. Y ese límite es la dignidad humana.

Hoy más que nunca, Los Ángeles resiste. No solo por los migrantes, sino por todos. Por la democracia secuestrada. Por la justicia. Por la vida. Lo que está ocurriendo no puede quedar en silencio. Y aunque Trump crea que puede gobernar por decreto, por amenaza o por decreto militar, debe saber que su modelo de odio ya no asusta como antes: ahora provoca rabia. Y esa rabia se organiza.

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