Con el rostro tenso y los pasos torpes sobre los escombros de su propio fracaso, Benjamín Netanyahu apareció públicamente tras horas de silencio mientras los misiles iraníes hacían trizas la arrogancia militar israelí. El primer ministro sionista, atrincherado en su retórica de exterminio, volvió a utilizar la tragedia como tribuna para prometer más sangre, más guerra y más muerte.
“Irán pagará un precio muy alto”, vociferó Netanyahu, como si no bastara el precio que su régimen ha cobrado a Palestina durante décadas. En un discurso plagado de dramatismo artificial y propaganda bélica, volvió a presentarse como víctima mientras su gobierno sigue masacrando civiles en Gaza, Cisjordania y más allá. El verdugo ahora quiere posar de rescatista entre los escombros.
El mensaje fue tan delirante como predecible: habló de “una campaña existencial”, de “enemigos crueles” y de una supuesta “salvación” que vendría en forma de bombas. Más que líder, Netanyahu se mostró como un carnicero paranoico, dispuesto a arrastrar a su pueblo a una guerra total solo para prolongar su permanencia en el poder.
En medio del colapso del aparato de inteligencia israelí, con la renuncia del jefe del Shin Bet y la revelación de infiltraciones iraníes profundas, el primer ministro recurre a su último recurso: el miedo. Busca sobrevivir políticamente encendiendo la chispa de un conflicto regional que él mismo ha alimentado durante años con sus políticas expansionistas, racistas y coloniales.
Las imágenes no mienten: un Netanyahu desencajado, rodeado de funcionarios nerviosos, entre ruinas que parecen recordarle que ni el “Domo de Hierro” ni la represión brutal han logrado detener la respuesta de los pueblos que resisten.
Sus palabras no fueron de consuelo, sino de amenaza. No habló de paz, habló de “golpe épico”. No habló de reconciliación, habló de exterminio. Su retórica es el retrato de un régimen desesperado, que ya no sabe cómo ocultar su descomposición interna, sus fracasos militares y su aislamiento creciente en el mundo.
Israel se desangra desde dentro y Netanyahu pretende maquillar el derrumbe con discursos vacíos, como quien lanza humo entre los escombros. Pero ni la propaganda ni las maniobras sucias podrán revertir lo evidente: el muro del apartheid sionista está resquebrajado. Y su rostro, el de Netanyahu, quedará para la historia no como el del salvador de Israel, sino como el del último dictador de un modelo que ya no tiene cómo sostenerse.
