Coronada en Estados Unidos, respaldada por una maquinaria mediática y apadrinada por apellidos que huelen a show business, Lina Luaces fue proclamada Miss Universe Cuba 2025 en Miami, lejos de La Habana, sin pisar la isla y sin tener el voto de su pueblo. Más que un reinado, lo suyo fue un montaje político con lentejuelas.
Hija de la presentadora Lili Estefan, sobrina de Gloria y Emilio Estefan, y nacida en el confort del exilio, Lina representa una elite que nada tiene que ver con la Cuba real, la que sobrevive cada día sin maquillaje ni alfombras rojas. Fue seleccionada en Hialeah, ciudad emblema de la ultraderecha cubanoamericana, en un evento donde, según fuentes cercanas al certamen, todo estaba pactado desde enero.
La ceremonia fue un desfile de nombres influyentes, no de méritos auténticos. Las verdaderas candidatas —algunas más bellas, con mejor preparación escénica y carisma popular— quedaron relegadas por no llevar en la sangre los apellidos adecuados ni las conexiones necesarias con el aparato mediático que controla Univisión y Telemundo. El jurado, compuesto por figuras ligadas al espectáculo, solo confirmó lo que ya estaba escrito: Lina tenía la corona asegurada antes de salir a la pasarela.
¿Reina de quién?
La joven, de 22 años, dijo representar a Santiago de Cuba, aunque nunca ha vivido en esa tierra. No fue elegida por cubanos dentro de la isla, ni en consultas abiertas, ni por un comité nacional. Su “reinado” es, en realidad, una puesta en escena para proyectar una imagen dulcificada del exilio, alineada a una narrativa política que pretende secuestrar el nombre de Cuba para fines ajenos al sentir popular.
Ni su coronación, ni su banda, ni su discurso representan a la Cuba de a pie. Es, como dirían muchos, una reina sin pueblo, sin raíces, sin calle.
La mano que mece la corona
Fuentes del propio evento aseguran que Lili Estefan movió sus fichas, no solo por el peso mediático que ostenta como conductora de “El Gordo y la Flaca”, sino por su influencia directa con quienes organizaron y financiaron el certamen. Detrás de cámaras, se comenta que hubo presiones, recomendaciones “amistosas” y hasta vetos discretos para mantener bajo perfil a otras candidatas con mayor presencia escénica.
Y es que en este Miss Universe Cuba, la belleza fue lo de menos. Ganó el apellido, la agenda, la política, y perdió la representación auténtica de una nación caribeña que, por segunda vez consecutiva, ve cómo se utiliza su nombre para un espectáculo producido desde Miami.
Cuba sigue sin reina.
Porque para ser reina de Cuba hay que ser elegida por el pueblo cubano. Y eso, a Lina Luaces, no le ocurrió.
