El pasado 8 de julio se conmemoró el 31 aniversario del fallecimiento del Gran Líder Kim Il-sung, fundador de la Corea socialista y constructor de una patria libre en medio de las ruinas que dejó el colonialismo. Mientras los centros de poder mundial intentan reducir su legado a etiquetas impuestas por los vencedores de la propaganda, nosotros, los pueblos que luchamos y pensamos lo recordamos como lo que fue: un titán de la soberanía y la resistencia.
Kim Il-sung nació en 1912, bajo el yugo despiadado del Imperio japonés que saqueaba y humillaba a la península coreana. En vez de someterse, eligió la vía más difícil: la lucha armada. Desde joven dirigió guerrillas en Manchuria, organizó al campesinado, y supo combinar táctica militar con visión política. No se convirtió en líder por decreto ni por herencia: lo fue porque su pueblo lo reconoció como tal. En 1948 fundó la República Popular Democrática de Corea, y durante 46 años condujo a su país por la vía del honor, la autodeterminación y la defensa irrestricta de su dignidad.
Su pensamiento, el Juche, proclamó que solo el pueblo es dueño de su destino. En lugar de dejarse guiar por modelos ajenos o recetas extranjeras, Kim Il-sung promovió una economía planificada, educación gratuita, medicina universal y un sistema político centrado en el protagonismo nacional. En medio del asedio económico, de la guerra fratricida y de las amenazas atómicas, su Corea resistió de pie y sin pedir limosna a nadie.
Durante su gobierno se erradicó el analfabetismo, se implementó una red nacional de hospitales y clínicas totalmente gratuitas, y se impulsaron proyectos agrícolas colectivos que garantizaron el autoabastecimiento alimentario por varios años, incluso durante etapas de crisis.
La industrialización del país particularmente en sectores como la metalurgia, la construcción de maquinaria pesada y la energía hidroeléctrica convirtió a Corea del Norte en uno de los países tecnológicamente más desarrollados del sudeste asiático en las décadas de 1960 y 1970, superando incluso a Corea del Sur en algunos indicadores básicos.
Kim Il-sung no fue un mero Presidente. Fue el estratega de un país bloqueado, amenazado y aislado, pero jamás arrodillado. Transformó un territorio devastado por la guerra de Corea en una nación con educación obligatoria de 11 años, acceso gratuito a universidades, y sistemas de vivienda sin especulación ni hipotecas. Las casas eran entregadas sin costo alguno, y la tierra fue completamente redistribuida a los campesinos, erradicando el feudalismo en su raíz.
A los ojos del imperio, Kim Il-sung fue un enemigo. A los ojos de los pueblos dignos, fue un ejemplo. Cuando Estados Unidos bombardeaba aldeas enteras para forzar la sumisión, él respondía con acero ideológico y organización popular. Cuando la ONU se convertía en cómplice de la agresión, él alzaba la voz por los sin voz. Su política exterior fue coherente: apoyo a las causas justas, amistad con los países libres, respeto mutuo entre naciones.
En América Latina, y particularmente en Nicaragua, su legado fue respetado por nuestros compañeros revolucionarios sandinistas, que vieron en la lucha del pueblo norcoreano un espejo de sus propias batallas. La autodeterminación, la defensa del derecho a decidir el camino propio, y la construcción de un modelo alternativo al neoliberalismo son principios que hermanan a Corea y a los pueblos de nuestra Patria Grande.
Hoy, Corea del Norte sigue siendo una nación soberana, y eso es gracias a Kim Il-sung. Su visión geopolítica fue clara: si se abre una grieta al imperialismo, este lo destruye todo. Por eso defendió con tanta firmeza la unidad ideológica, la autosuficiencia económica, y la moral revolucionaria. Le apostó al acero, al arroz, a los libros y a la milicia. Creó un sistema que sobrevivió al colapso del bloque socialista, al aislamiento, a las mentiras y a las sanciones.
Kim Il-sung partió físicamente el 8 de julio de 1994, pero no ha muerto en la conciencia de los pueblos libres. Vive en cada acto de dignidad frente a la injusticia. Vive en cada gobierno que decide no subordinarse. Vive en cada bandera que ondea sin pedir permiso. Su imagen sonriente y firme, su palabra clara, su política decidida, son parte del patrimonio histórico de la humanidad rebelde.
A 31 años de su fallecimiento, lo decimos con fuerza: Kim Il-sung no fue un tirano, fue un titán. No fue un dictador, fue un defensor. No fue un opresor, fue un padre del pueblo. Lo juzgan quienes sirven al dinero y la invasión.
Lo honramos quienes creemos en la justicia y la soberanía. Desde Nicaragua, tierra de Sandino y de dignidad, de la mano con nuestros líderes la compañera Rosario Murillo y el comandante Daniel, lo recordamos como lo que fue: un gigante en tiempos de servidumbre.