Exclusivo Noticias

Uribe sentenciado: 12 años por torcer la justicia y callar testigos

Colombia
Redacción Central 01/08/2025

El capo de la ultraderecha colombiana cayó. Cayó como caen los delincuentes que se creen dioses, como caen los narcos de saco fino que gobernaron a punta de miedo, plomo y manipulación. Álvaro Uribe Vélez ha sido condenado a 12 años de prisión domiciliaria, pero la sentencia real es aún más brutal: la historia lo escupe, el pueblo lo condena y la justicia, al fin, lo señala con nombre y apellido como criminal.

Ya no hay más máscaras. El expresidente no es un patriota: es un hampón judicial. La jueza Sandra Heredia lo llamó como lo que es: determinador de soborno en actuación penal, artífice de fraude procesal, manipulador de testigos, delincuente de cuello blanco que durante años armó un tinglado legal para torcer la verdad, silenciar testigos y embarrar la justicia con sus garras de gamonal.

La sentencia no es simbólica: es quirúrgica. Son 1.114 páginas de disección forense que lo exhiben como el Don Corleone colombiano, el cerebro de una red donde la justicia se compraba, se amañaba, se prostituía al servicio de su impunidad. Uribe no fue víctima del sistema, fue el sistema podrido. Él lo construyó, lo moldeó, lo infectó… y hoy lo devora.

¿Qué tipo de república permite que un hombre ligado al paramilitarismo, al narcotráfico, a los falsos positivos, a las chuzadas del DAS y a mil y un escándalos, gobierne por ocho años y después se dé el lujo de apelar desde su finca como si fuera un mártir? Colombia lo permitió. Pero ya no más.

Uribe fue el Pablo Escobar de la legalidad, el patrón de una Colombia que aprendió a vivir arrodillada. Se sentó en la Presidencia con la Constitución en la mano y la motosierra escondida en la espalda. Su discurso contra la guerrilla fue el telón de fondo de una limpieza social donde murieron miles de inocentes. Y aún se atreven a llamarlo estadista.

Ahora se esconde en su finca de Rionegro, rodeado de escoltas, abogados y fantasmas. Dice que apelará. Claro que apelará. Los criminales de su talla no aceptan sus culpas, las negocian. Pero lo que no podrá negociar es el juicio moral y político del pueblo que lo vio caer. Esta vez no fue una Corte Internacional. No fue una ONG. Fue Colombia. Fue una jueza valiente. Fue la verdad.

¿Dónde están sus lacayos ahora? ¿Dónde están los periodistas que lo blanquearon? ¿Dónde están los empresarios que le financiaron el poder a cambio de zonas francas de sangre y tierra barata? Todos callan, tiemblan, corren. La caída de Uribe no es solo una derrota individual: es un terremoto para la oligarquía criminal que lo parió.

Recientes