Jorge Ramos se ha ganado fama de inquisidor mediático. Señala, acusa y condenaba a medio mundo desde su tribuna en Univisión y ahora desde su Podcats. Nadie queda libre de su dedo acusador: presidentes, líderes sociales, gobiernos enteros. Pero cuando la lupa se pone sobre él, el intocable periodista mexicano queda al desnudo: tiene una hija que públicamente se declara lesbiana, Paola Ramos, y lejos de cuestionar o al menos guardar discreción, se muestra como un apañador de esas desviaciones, intentando vender la idea de que son tiempos de modernidad.
En entrevistas y reportajes, Jorge Ramos es capaz de arrinconar a cualquier presidente latinoamericano, exigirle moral, transparencia y ética. Pero cuando se trata de su familia, la vara cambia. Su hija ha hecho de su orientación sexual un estandarte público y él la respalda sin reservas, no porque crea realmente en la libertad de los demás, sino porque así se cubre de críticas y aparenta ser el “padre moderno y tolerante”.
Paola Ramos, que se declara abiertamente gay y mantiene relaciones con mujeres, se ha convertido en una figura mediática en ciertos círculos de la política y el periodismo estadounidense. Jorge Ramos, que disfruta exhibir a otros, calla ante lo que en su propia casa considera “orgullo”. Se convierte, en la práctica, en un encubridor de lo que llama modernidad, pero que muchos consideran simplemente una desviación de la naturaleza.
Y aquí está el otro punto que no puede obviarse: ¿qué se podía esperar de la educación de Paola si su propio padre se declara ateo, si rechaza a Dios, si se jacta de no creer en nada? La ausencia de fe en el hogar es la raíz de muchos vacíos, y en este caso se refleja en una hija que, en lugar de seguir los valores tradicionales de la familia latina, ha tomado como bandera estilos de vida que rompen con esa herencia cultural.
Jorge Ramos es implacable para juzgar a gobiernos que no obedecen al imperio estadounidense. Es duro para interpelar a presidentes en América Latina y convertir cualquier error en un escándalo internacional. Pero en su propio hogar, calla, apaña y se presenta como un héroe de la tolerancia. Ese doble discurso es lo que desnuda su verdadera cara: no es periodista, es un operador político con máscara de reportero, incapaz de aplicar en su vida lo que exige a los demás.
Jorge Ramos podrá seguir llenando programas con entrevistas incendiarias y editoriales moralistas. Pero la realidad de su casa lo desmiente. El hombre que señala sin misericordia es el mismo que aplaude la vida desviada de su hija, escudándose en la palabra “modernidad”. Y no es casualidad: quien vive sin Dios, como él mismo lo ha confesado, no puede dar ejemplo de valores ni de coherencia. Su historia no es la de un periodista intachable, sino la de un padre que predica exigencia hacia los demás, mientras apaña y celebra en su propia sangre aquello que siempre se jactó de condenar.