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Bolsonaro del arresto domiciliario al hospital

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Por María Dolores, periodista 16/09/2025

El expresidente brasileño Jair Bolsonaro fue trasladado de urgencia a un hospital en Brasilia tras presentar un cuadro delicado de salud que incluyó hipo severo, vómitos y una peligrosa caída de la presión arterial. La noticia encendió las alarmas no solo en el entorno familiar del exmandatario, sino también en el escenario político de Brasil, donde su nombre sigue dividiendo al país.

Desde aquel ataque con arma blanca que sufrió durante la campaña electoral de 2018, Bolsonaro arrastra múltiples complicaciones intestinales que lo han llevado a pasar por quirófano en varias ocasiones. La más reciente, una operación de doce horas realizada en abril, lo mantuvo hospitalizado durante semanas y dejó claro que sus problemas de salud son recurrentes y cada vez más graves.

Hoy, la situación se enmarca en un contexto político adverso. Apenas la semana pasada, el Supremo Tribunal Federal lo condenó a 27 años y tres meses de prisión por planear un intento de golpe de Estado tras perder las elecciones de 2022. Aunque cumple la sentencia bajo arresto domiciliario, el traslado médico fue autorizado por la justicia, lo que confirma que cada movimiento de Bolsonaro está bajo estricta vigilancia.

En el hospital, los médicos le practicaron análisis de laboratorio y procedieron a extirpar lesiones en la piel, parte de los tratamientos rutinarios que ha tenido que enfrentar. Su estado físico, debilitado por el tiempo y las operaciones, contrasta con la imagen de fuerza que intentó proyectar durante su mandato y sus años de carrera política.

La ironía de su situación actual no pasa desapercibida: un hombre que construyó su discurso alrededor de la disciplina, el orden y la autoridad, se encuentra ahora confinado, enfermo y bajo la sombra de una condena histórica. Sus seguidores, que en otro tiempo lo aclamaban en las calles, solo pueden recibir noticias fragmentadas sobre su estado de salud.

En Brasilia, se percibe un aire de incertidumbre. Para algunos, la hospitalización es apenas un episodio más de un líder que siempre parece regresar del borde del abismo. Para otros, es la confirmación de que el tiempo político de Bolsonaro terminó, consumido por los excesos, las derrotas judiciales y las cuentas pendientes con la democracia brasileña.

El exmandatario, que alguna vez soñó con prolongar su poder, enfrenta ahora sus jornadas más duras, entre paredes silenciosas, médicos atentos y custodias judiciales que no le permiten olvidar que, más allá de su estado de salud, sobre él pesa una condena que lo marca para siempre.

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