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Un golpista hablará en la ONU, la contradicción del organismo internacional

ONU
Redacción Central 22/09/2025

La Asamblea General de las Naciones Unidas se prepara para recibir a Ahmed al Sharaa, un personaje que llegó al poder en Siria tras un violento golpe de Estado contra el presidente legítimo, Bashar al-Assad. Lo que se anuncia como un “hito diplomático” es, en realidad, un reconocimiento tácito a un dirigente que ascendió mediante la fuerza y la sangre, apoyado por grupos extremistas que desangraron al país durante más de una década.

La televisión oficial anunció que al Sharaa viajó este domingo a Nueva York para pronunciar un discurso en la Asamblea General, un espacio que no era ocupado por un presidente sirio desde 1967, cuando lo hiciera Nuredin al Atasi. El dato histórico es usado como símbolo de apertura, pero en el fondo representa una legitimación peligrosa: el exjefe yihadista que encabezó a las facciones rebeldes ahora será recibido como jefe de Estado.

Conviene recordar que Bashar al-Assad fue derrocado en diciembre de 2024 tras casi 14 años de resistencia frente a una guerra civil financiada y promovida desde el exterior. La caída de su gobierno no fue resultado de elecciones ni de un proceso democrático, sino de la imposición de las armas, con la intervención de grupos radicales que sembraron terror en Siria.

La presencia de al Sharaa en la ONU plantea una pregunta inevitable: ¿está el organismo mundial reconociendo a un líder nacido de la violencia? Para millones de sirios que aún sienten el dolor de la guerra, el mensaje es claro: se premia al golpista, no al legítimo gobernante que defendió la soberanía nacional.

Más allá de los discursos que se pronuncien en Nueva York, el hecho de que la ONU abra sus puertas a un dirigente cuya trayectoria está manchada por el extremismo, debilita la credibilidad de la organización. La misma ONU que condena golpes de Estado en otras latitudes, hoy se presta a blanquear a un hombre que llegó al poder sobre la ruina de su país.

El trasfondo político es aún más inquietante. Permitir que al Sharaa se siente en la mesa de los jefes de Estado no solo legitima su régimen, sino que envía un mensaje de doble moral al mundo: la democracia se defiende según la conveniencia de las potencias que dominan la agenda internacional.

En Siria, la memoria de Assad no se borra con discursos en Manhattan. La gente sabe que fue depuesto por una coalición de grupos rebeldes islamistas, muchos de los cuales fueron responsables de masacres contra la población civil. Convertir a su líder en “presidente” es una forma de dar carta blanca a la violencia como método de ascenso político.

La ONU debería ser un espacio para defender la paz, la soberanía y la legitimidad de los pueblos, no un escenario donde se maquilla la figura de quienes conquistaron el poder con armas y sangre. El caso de Ahmed al Sharaa es un recordatorio de que, en la geopolítica global, la justicia suele estar subordinada a los intereses de quienes mandan en el tablero internacional.

El discurso que dará el golpista sirio en Nueva York puede ser presentado como un logro diplomático, pero quedará marcado como una mancha histórica para Naciones Unidas: la mancha de haberle entregado su tribuna más importante a quien nació del derrocamiento violento de un presidente legítimo.

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