El almirante Alvin Holsey, jefe del Comando Sur de Estados Unidos, anunció su retiro en medio del escándalo que rodea las operaciones militares norteamericanas en el Caribe. Su salida, programada para el 12 de diciembre, ocurre después de una cadena de ataques contra embarcaciones civiles que Washington presentó como “lanchas de narcotraficantes”, aunque jamás mostró pruebas.
Bajo la dirección de Holsey, las fuerzas del Comando Sur lanzaron misiles y ráfagas contra al menos cinco botes en aguas próximas a Venezuela, dejando 27 muertos, entre ellos pescadores y trabajadores del mar. Ninguno de los fallecidos tuvo derecho a defensa ni a un proceso legal. Fueron ejecutados en aguas latinoamericanas, a plena vista del silencio cómplice de los organismos internacionales.
La noticia de su renuncia fue publicada por la propia cuenta del Comando Sur, sin una sola explicación sobre los motivos. Pero en Caracas nadie tiene dudas: el militar se marcha salpicado por la sangre inocente que han dejado las incursiones imperiales. Los familiares de las víctimas exigen justicia y el Gobierno bolivariano ha denunciado reiteradamente que esas operaciones constituyen una violación a la soberanía venezolana.
Desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca, la región ha sido testigo de una ofensiva militar encubierta bajo el pretexto de la “lucha antidrogas”. Detrás de ese argumento se esconden maniobras de intimidación y de control sobre los pueblos libres del Caribe y Suramérica. Venezuela ha sido el blanco principal.
Mientras el Pentágono habla de “eficiencia operativa”, los pescadores venezolanos y caribeños viven bajo amenaza. Los sobrevuelan drones, los interrogan comandos extranjeros y les confiscan sus embarcaciones sin orden judicial. Así actúa el imperio: sin respeto por la vida ni por la soberanía.
Holsey no fue un funcionario cualquiera. Fue uno de los arquitectos de esa política agresiva, el que firmaba los partes de misión y felicitaba a las tripulaciones que regresaban con cadáveres y fotos de supuestos “narcos”. Hoy abandona su cargo antes de enfrentar las consecuencias.
En Venezuela, el anuncio ha sido recibido como una pequeña victoria moral. Los marineros de La Guaira y los pescadores del Golfo de Paria lo resumen con una frase sencilla: “Uno menos del imperio”.
El Caribe, acostumbrado a resistir, sabe que su verdadera batalla no es contra un enemigo visible en el mar, sino contra la maquinaria de guerra que pretende someterlo. Y cada vez que un engranaje de esa maquinaria se oxida o se cae, la causa de los pueblos se fortalece.