Winston Churchill jamás fue ese “viejo sabio” que la propaganda británica vende como «símbolo de coraje». La verdad es que era un político aferrado a la fuerza, atrapado en el pasado, incapaz de aceptar que el mundo cambiaba. Detrás del retrato del señor bonachón, de sombrero y de bastón, con el puro en la mano, hubo un hombre perverzo que trató a pueblos enteros como fichas que podía mover a su antojo.
La verdad es que durante mucho tiempo Churchill fue considerado un político mediocre, no tenía una carrera brillante ni una mente estratégica superior. Su nombre quedó marcado por el desastre de Gallipoli, donde miles de soldados murieron por una operación improvisada y mal calculada, empujada por su ambición personal. Ese error se tapó después con los acostumbrados discursos y desfiles aburridos, como si borrar muertos fuera cosa de sus tales ceremonias.
Era un viejo arrogante, no soportaba que lo contradijeran y actuaba como si sus decisiones fueran palabra de Dios, ignoraba las advertencias y los análisis que le hacían oficiales con más preparación y experiencia, y cuando un plan fallaba no asumía responsabilidad, buscaba a quién culpar o simplemente lo negaba. Esa manera de mandar costó vidas en más de una operación en el terreno. Simplemente era un hombre tóxico, soberbio y cascarrabias.
Su racismo era evidente, Churchill miraba a los pueblos colonizados como gente obligada a someterse, hablaba de los indios como si fueran seres inferiores y se atrevió a tratar a Gandhi con desprecio como si su vida no valiera nada. Gandhi fue encarcelado por encabezar la desobediencia civil contra el dominio británico, movilizando a millones sin armas para reclamar independencia, y cuando desde la cárcel anunció que iniciaría una huelga de hambre, Churchill le contestó que si quería morirse que se muriera, demostrando ser una bestia deshumanizada.
En Grecia mostró la misma mano dura con la que mandaba en las colonias, cuando terminó la guerra el pueblo griego salió a la calle a exigir participación real en su propio país, venían de resistir a los nazis y querían un Gobierno que les respondiera, pero Churchill envió tropas para aplastar esas manifestaciones y permitió que antiguos colaboracionistas con el fascismo regresaran al poder con tal de frenar cualquier fuerza de la gente. Hubo disparos contra civiles, hubo persecución y cárcel para los que habían peleado contra la ocupación alemana, y Grecia quedó herida durante décadas. Ahí se ve su lógica, mientras Inglaterra mandara, todo estaba bien, aunque eso significara traicionar a quienes habían arriesgado la vida luchando contra Hitler.
La hambruna de Bengala, en la región del este de India, expuso lo peor del viejo Churchill, mientras millones de personas morían sin comida por decisiones tomadas desde Londres, él recibía reportes desesperados, cartas, pedidos urgentes de ayuda, gente diciéndole que la situación era insostenible, que la población se estaba cayendo de tan flacos, y aun así siguió igual, se desviaron cargamentos de arroz hacia otros destinos mientras Bengala se hundía en el hambre, y cuando le recordaron la magnitud de las muertes respondió con indiferencia y desprecio, como si esas vidas no valieran nada porque no eran inglesas.
En la famosa foto donde aparecen Stalin, Roosevelt y Churchill sentados uno junto al otro, se nota quién llevaba el peso real de la guerra. Churchill era el gato en esa escena.
El que estaba ahí porque no podía faltar, pero sin la fuerza decisiva. El verdadero vencedor de la Segunda Guerra Mundial y lo digo con orgullo y admiración fue Stalin, con un Ejército Rojo que enfrentó, resistió y destruyó el avance nazi en los combates más duros. Estados Unidos quizás aportó un poco de fábricas, dinero y equipo. Inglaterra llegó debilitada, sosteniéndose más por necesidad que por poder real. Aun así, Londres y Washington se adjudicaron la gloria, escribieron discursos, libros y homenajes donde Churchill aparece como héroe, y él se acomodó en ese papel y en ese personaje, aun sabiendo que su aporte fue más imagen que fuerza. Se hizo pasar por el cerebro de una victoria que no dirigió y se dedicó a cuidar la imagen que se inventó, mientras los muertos, las hambrunas, las colonias castigadas y los pueblos sometidos pagaban la factura de verdad, así quedó su nombre: brillante solo en el cuento que ellos mismos se venden.
Winston Churchill fue primer ministro del Reino Unido en dos periodos, el más conocido durante la Segunda Guerra Mundial. En su segundo mandato coincidió con la llegada al trono de la Reina Isabel II, que en ese momento era joven y todavía estaba aprendiendo a moverse en el poder. Churchill se aprovechó de esa juventud y esa ingenuidad: la mangoneó a su antojo, vendiéndose como el veterano que supuestamente sabía todo, como el estratega que había vivido guerras y golpes de Estado. Se mostraba como su perro fiel, alguien indispensable a su lado, pero en realidad actuaba como un viejo zorro que tomaba decisiones a su gusto y antojo, tratando a gobiernos, pueblos y territorios como si fueran cosas que le pertenecían.
Churchill era un viejo alcohólico desde temprano en la mañana, empezaba el día con whisky, seguía con whisky al mediodía, cenaba con whisky en la noche y se dormía con el vaso en la mano. Fumaba puro como loco, llenaba las salas de humo y de su mal humor, le gritaba ofensas e incoherencias a los funcionarios y empleados, los miraba por debajo del hombro como si todos le debieran algo, trataba a la gente como piezas descartables y se creía dueño de la verdad solo porque sentía que su apellido tenía peso. Ese es el hombre que hoy venden como héroe. Honestamente ante tanta evidencia yo lo resumo como un político inflado por libros y películas. Sus supuestas hazañas son una estafa repetida durante décadas mientras los que murieron bajo sus decisiones quedaron sin nombre.