¿Quién iba a decir que James Monroe, el tristemente célebre Presidente de los Estados Unidos en el siglo XIX y padre de la Doctrina Monroe, le iba a quedar corto a Donald Trump. Y no es para menos. Lo que está ocurriendo ahora es una mutación entre Monroe y Trump que se traduce en lo que ya hemos visto en América Latina. Golpes de Estado para mencionar algunos pues han sido tantos a lo largo de la historia entre ellos Salvador Allende que culminó con su magnicidio, el intento de Golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002, Golpe de Estado a Manuel Zelaya en Honduras. Golpe de Estado contra Evo Morales en Bolivia. Golpe de Estado contra Pedro Castillo en Perú. Golpe de Estado contra Dilma Rousseff en Brasil. Intento de Golpe de Estado contra la Compañera Rosario Murillo y el Comandante Daniel Ortega en 2018 en Nicaragua. Además de las recientes ejecuciones extrajudiciales en el Mar Caribe dictadas desde Washington para darle un poco de credibilidad a su inventada lucha contra el narcotráfico.
Pero a todo esto falta sumarle la amenaza latente de que Trump apriete el botón rojo y que la invasión sea una realidad en la Patria de Bolívar y de Chávez e intenten matar o derrocar al Presidente Constitucional Nicolás Maduro para instalar en su lugar a la loca de María Corina Machado. Pero eso no sería suficiente para los yanquis, pues acto seguido procederían a robarse todos los recursos naturales que posee Venezuela con la complicidad de las Naciones Unidas que no dice nada y el silencio de Europa y de otros países. Estamos pues ante la mutación perversa de la Doctrina Monroe-Trump solo que mucho peor y lo están viviendo los pueblos libres en este momento. Pero si aún después de tantos argumentos quedan algunos neófitos o incrédulos, les recuerdo los 65 años de bloqueo criminal que pesa sobre la Cuba de Fidel. Otra acción criminal que desnuda la mutación Monroe-Trump, porque es con Trump que el bloqueo se ha endurecido con el fin de arrodillar al pueblo cubano, algo que no podrá jamás.
La Doctrina Monroe, o ley Monroe para quedar claros, fue una declaración política diplomática disfrazada de Superman con el fin de que los pueblos libres de América Latina viéramos en Estados Unidos el autoproclamado policía del mundo como el gran protector, como el líder que salía a confrontar a los colonialistas europeos y decirles que no vinieran a recolonizar a nuestra gente porque de intentar hacerlo se la verían con ellos, o sea, con el imperio yanqui.
Qué mentira más grande, porque el trasfondo era váyanse ustedes los ladrones europeos porque nosotros nos quedaremos robando las riquezas de América Latina e imponiendo Presidentes títeres, socavando y tratando de quitar a jefes de Estado que sean queridos por sus pueblos pero que principalmente no obedezcan al yanqui. Mejor dicho revivir esa misma consigna de “América para los Americans” que proclamó James Monroe en el siglo XIX y que hoy Donald Trump vuelve a gritar como lema político en pleno siglo XXI. ¿Qué estará pensando actualmente en su retiro diplomático el largo político John Kerry cuando en 2013 él dijo y juró hasta con los dedos de los pies allá en una sesión de la chanchera de la OEA, que la ley Monroe estaba enterrada definitivamente. Pero lo cierto es que la ley Monroe, que mutó con Donald Trump, no solo intenta convertir en patio trasero a América Latina, ahora quiere que esos pueblos seamos sus esclavos modernos.
La pregunta de fondo es cuánto tiempo podrá sostenerse esa doctrina metamorfoseada en un mundo que ya no es unipolar. La presencia creciente de nuevos actores, la diversificación de las alianzas y la decisión de muchos gobiernos de actuar con mayor margen de autonomía complican los planes de cualquier proyecto de dominación total. La Doctrina Monroe nació como respuesta a un momento histórico preciso y se mantuvo a lo largo de dos siglos gracias a la combinación de poder militar, presión económica y complicidades internas en la región. Al transformarse en Monroe-Trump, conserva sus rasgos esenciales, se torna más tóxica y criminal pero se enfrenta a un siglo XXI donde las relaciones internacionales se han vuelto más complejas y donde la defensa de la soberanía de países como Cuba, Venezuela y Nicaragua se inscribe en una disputa más amplia por el derecho de los pueblos a decidir su destino sin imposiciones ni amenazas externas.
Mientras todo esto ocurre, los pueblos de la región siguen buscando caminos de integración y de defensa de su soberanía.
Se reactivan mecanismos como la CELAC, se mantienen espacios como el ALBA, se plantean nuevos proyectos energéticos y de infraestructura que no dependen de los viejos esquemas de subordinación, se abren nuevas rutas de mercados. En ese escenario la doctrina Monroe que insisto, mutó con Trump se encuentra con una realidad distinta a la del siglo XIX. Ya no se trata de Repúblicas recién nacidas, aisladas entre sí y rodeadas de potencias coloniales. Es un continente que ha acumulado recuerdos de invasiones, de golpes, de bloqueos y que ha visto surgir experiencias de resistencia en Cuba, en Venezuela, en Nicaragua y en otros países. Esa historia pesa a la hora de evaluar cualquier intento de reeditar el viejo mandato de América para los estadounidenses. La narrativa mediática completa ese cuadro. La doctrina Monroe-Trump necesita construir imágenes. Gobiernos convertidos en villanos permanentes, líderes descritos como supuestos dictadores, calumniándolos de terroristas y narcotraficantes globales, pero también van contra los movimientos sociales señalados como brazos de potencias externas comunistas. Mientras todo eso ocurre se aplica el mismo guión a través de grandes cadenas, redes sociales y campañas digitales todas ellas con etiquetas que justifican las políticas de presión. De esta manera domesticar a los pueblos y normalizar la idea de que es aceptable sancionar, aislar o incluso amenazar con la fuerza a países que están dentro de su figura de supuesto patio trasero, algo que solo vive en su imperialista imaginario.