En Nueva York, entre saludos y sonrisas, apareció la escena: el bufón y el rey. Volodímir Selensky se apresuró a publicar en sus redes que había tenido “una buena conversación” con Su Majestad Felipe VI de España, agradeciéndole por el apoyo en “áreas humanitarias, militares y económicas”. Lo dijo como quien se presenta a rendir cuentas a su financiador.
El rey, impecable en su traje gris, posó al lado del pequeño mandatario ucraniano. Una imagen que en apariencia transmite diplomacia y solidaridad, pero que en el fondo encierra otra realidad: Felipe VI se presta como aval de una guerra sin fin, respaldando a un personaje que ha convertido el dolor de su pueblo en un negocio redondo.
Porque no nos engañemos: cada euro y cada dólar que llegan a Ucrania viajan sin auditoría, sin control, sin transparencia. Los fondos de Occidente no se convierten en hospitales ni en pan para los desplazados, sino en fortunas escondidas. Selensky y su esposa ya disfrutan de cuentas en el extranjero, propiedades en paraísos fiscales y una vida que no corresponde a un país en ruinas.
Mientras tanto, los ucranianos siguen poniendo la sangre en el frente de batalla, sacrificados en nombre de una “defensa de la democracia” que en realidad no es más que una estrategia de la OTAN para desgastar a Rusia. El bufón cumple su papel: entretener, rogar, posar en fotos y obedecer órdenes.
Y ahora tiene al rey de España como cómplice en la escena. Felipe VI, al lado de Selensky, termina enviando un mensaje inequívoco: la monarquía española también pone su sello sobre el negocio de la guerra, sobre los fondos que se evaporan y sobre la manipulación de un pueblo que sufre mientras sus dirigentes se enriquecen.
El bufón sonríe, el rey asiente. Y el teatro continúa.