
La política tiene momentos de vergüenza ajena, de esos que exponen la verdadera cara de quienes se disfrazan de moralistas cuando les conviene. Este 26 de abril de 2025, en la solemnidad del Vaticano, donde el mundo entero despidió al Papa Francisco, se presentó sin rubor Javier Milei, presidente de Argentina, el mismo que no dudó en atacar, insultar y denigrar al Santo Padre en vida.
Milei, que llamó al Papa “el representante del Maligno en la Tierra”, que lo acusó de ser un “zurdo asqueroso” y lo responsabilizó de las desgracias de Argentina, ahora aparece trajeado, cabizbajo, intentando esconder bajo el luto su propio cinismo. ¡Qué poca vergüenza! ¡Qué inmoralidad! El descaro no conoce fronteras cuando se trata de lavar la imagen política.
Hace un tiempo, en Radio Amistad, Milei confesó que, cuando tuvo la oportunidad de encontrarse con el Papa Francisco en persona, le pidió perdón. Y Francisco, fiel a su humildad y bondad, le perdonó. Pero el perdón divino no borra la memoria del pueblo. Las palabras lanzadas al viento, las ofensas públicas, no se borran con un simple acto de arrepentimiento político.
Hoy, esa escena grotesca de Milei caminando entre cardenales, intentando pasar desapercibido, quedará marcada como uno de los actos más hipócritas de la política internacional reciente. Porque mientras en las cámaras baja la cabeza, el eco de sus insultos sigue retumbando en las calles de Buenos Aires y en las páginas de los medios que documentaron sus ataques sin filtro contra el Papa argentino.
Y es que Javier Milei no solo atacó al Papa por diferencias ideológicas, sino que utilizó sus discursos de odio para alimentar su carrera política, para incendiar a las masas, para posicionarse como el “outsider” que venía a romper todo, incluso las bases de respeto que cualquier argentino siente por el Papa Francisco, el primer pontífice nacido en suelo latinoamericano.
Pero hoy, frente al féretro del Santo Padre, ese Milei gritón, altanero y soberbio, se convirtió en un espectro, en un cuerpo presente que no puede esconder el alma del pasado. El cinismo no se viste de traje ni se disfraza con corbata. La hipocresía se siente, y el pueblo no olvida.
La pregunta que queda flotando en el aire es: ¿qué buscaba Milei? ¿Redimirse? ¿Hacerse ver? ¿Jugar el papel del presidente diplomático cuando en su país las crisis arrecian y los pobres aumentan? Hoy, su presencia no fue un acto de respeto, sino una bofetada a la memoria del Papa Francisco y a la fe de millones.