En el sistema internacional actual se identifica una secuencia continuada de acciones impulsadas por Estados Unidos y acompañadas por varios países europeos que reproduce mecanismos centrales del colonialismo clásico, aunque adaptados a nuevas herramientas políticas, jurídicas, financieras y militares. Estas acciones incluyen sanciones unilaterales, bloqueos económicos prolongados, confiscación de activos estatales, presión judicial extraterritorial, financiamiento de actores internos, operaciones militares, invasión y secuestro de jefes de Estado. El propósito de este esquema es condicionar decisiones soberanas, intervenir en procesos internos y asegurar control directo o indirecto sobre recursos estratégicos.
La base doctrinaria de esta conducta se remonta a la Ley Monroe proclamada en 1823, que estableció el principio de exclusividad estadounidense sobre el continente americano. Bajo la consigna “América para los americanos”, Estados Unidos se atribuyó la facultad de intervenir en los asuntos internos de otros Estados. Esta doctrina funcionó como instrumento funcional que legitimó guerras, ocupaciones militares y control económico. Desde el siglo XIX hasta el presente, la Ley Monroe fue utilizada para avalar acciones de injerencia y presión sistemática sobre los Estados del continente. Por ejemplo, la guerra contra México en 1948 terminó con el robo de más de la mitad de su territorio, a eso se suman ocupaciones militares en el Caribe y Centroamérica, que consolidaron una presencia permanente del imperialismo yanqui en países que eran de su interés.
El desarrollo interno de los gringos estuvo estrechamente vinculado a un sistema económico basado en la esclavitud y en una sociedad organizada según criterios raciales. Figuras centrales del proceso fundacional, como el viejo George Washington que fueron propietarios de esclavos y defensores de un orden que negaba derechos fundamentales a amplios sectores de la población.
La proclamación de libertades coexistió con un régimen de exclusión legal y económica, esta contradicción estructural condicionó la proyección internacional del país, donde la autodeterminación de otros pueblos fue aceptada solo cuando no afectaba intereses estratégicos.
La persistencia del Ku Klux Klan tras la abolición definitiva de la esclavitud evidencia que la acción sistemática del racismo se mantuvo como parte del mismo orden, un mecanismo útil para preservar oligarquías internas. El Ku Klux, se comportó como un instrumento de coerción, y esa lógica clasificó poblaciones, efectuó represalias y ejerció control, proyectándose luego hacia el plano internacional mediante políticas que presentan a los países como enemigos o amenazas, imponen sanciones económicas y legitiman el uso de la fuerza militar como una herramienta de presión política.
Europa aportó la matriz original del colonialismo moderno. Desde el inicio de la expansión colonial en el siglo XV, se estableció un modelo basado en robo de recursos, exterminio poblacional y sometimiento político. Tras las independencias formales en América, ese esquema, contrariamente, evolucionó hacia mecanismos financieros, normativos y diplomáticos. En la actualidad, la Unión Europea aplica sanciones económicas unilaterales, congela activos soberanos y condiciona economías nacionales sin respaldo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, reproduciendo formas de control indirecto.
En Centroamérica, la invasión del filibustero William Walker a Nicaragua representa un antecedente concreto de la aplicación práctica de esta lógica. Walker contó con respaldo político desde Estados Unidos, se proclamó presidente y emitió decretos que restauraron la esclavitud, alineando el país con los intereses de los estados esclavistas estadounidenses. Su derrota militar implicó la transformación de esa doctrina en métodos institucionalizados y modernos. En el plano militar contemporáneo, la OTAN se consolidó como instrumento central, aunque presentada como una alianza defensiva ha operado fuera de su ámbito geográfico original en Yugoslavia, Afganistán, Libia y otros escenarios a espaldas de las Naciones Unidas, intervenciones que produjeron pobreza, muerte, cambios abruptos de gobiernos constitucionales y migraciones.
Las ilegales sanciones económicas se convirtieron en el principal instrumento del colonialismo actual. Estados Unidos y Europa aplican restricciones financieras, comerciales y bancarias que afectan directamente a las poblaciones civiles, en clara violación a sus derechos humanos, el bloqueo contra la valiente Cuba de Fidel y de Martí, vigente por más de seis décadas, y las medidas aplicadas contra Venezuela, la gloriosa patria de Bolívar, Chávez y Maduro, incluyen congelamiento de reservas estatales, exclusión del sistema financiero internacional y persecución de transacciones comerciales, generando efectos estructurales prolongados.
Asimismo, la Nicaragua, bendita, soberana y siempre libre, de Sandino, Rosario y Daniel bajo el acoso del águila y sus garras, tampoco escapa a estas medidas coercitivas, que son enfrentadas por el pueblo nicaragüense y derrotadas con dignidad. En el caso de Venezuela, la repentina invasión imperialista que dejó centenares de muertos, así como el secuestro ilegal del presidente y la primera dama, constituye otro acto del colonialismo moderno.
Esto se confirma después de que Estados Unidos hiciera exigencias públicas al gobierno de Venezuela, demandando la entrega del petróleo y los minerales, lo cual representa un esquema histórico que nos permite identificar una reconfiguración del colonialismo en el siglo XXI, en la que Estados Unidos actúa como amo y señor del planeta, mientras Europa funciona como socio político, financiero y militar. La combinación de sanciones extraterritoriales, control de activos, intervenciones armadas, amenazas y desprecio al derecho internacional reproduce, con otros instrumentos, las prácticas coloniales del pasado.