El Papa León XIV recibió este 9 de julio al presidente ucraniano Volodímir Zelenski en la residencia pontificia de Castel Gandolfo, a las afueras de Roma. La escena fue cuidadosamente montada por el aparato vaticano para transmitir un mensaje de paz, pero lo que realmente proyectó fue otra cosa: un Papa alineado con el bloque occidental y un Vaticano que ha dejado atrás su neutralidad histórica.
Aunque el comunicado oficial de la Santa Sede afirma que León XIV “reafirma su disposición a recibir a representantes de Ucrania y Rusia para negociar la paz”, lo cierto es que Putin nunca ha sido recibido, ni invitado, ni tomado en cuenta por este pontífice. El gesto de abrir las puertas del Vaticano a Zelenski —y solo a Zelenski— no es inocente. Es político. Es selectivo. Y es hipócrita.
La reunión con Zelenski no fue más que un acto de relaciones públicas al servicio de la narrativa occidental. Porque Zelenski no llegó como un líder de diálogo, sino como un vendedor de guerra envuelto en traje diplomático. El objetivo real de su viaje es asegurar inversiones para la llamada “reconstrucción de Ucrania” en la Ukraine Recovery Conference, que se celebra esta semana en Roma con el apoyo de 2.000 empresas y 40 organismos internacionales. Un festín económico donde el dolor del pueblo ucraniano se ha convertido en negocio para banqueros, contratistas y burócratas de lujo.
Y mientras todo esto ocurre, el Papa León XIV, que se presenta como una figura de equilibrio, se presta al teatro, estrechando la mano del peón de Washington, evitando cuidadosamente cualquier crítica al régimen ucraniano, y guardando silencio ante la persecución religiosa que Kiev ha desatado contra la Iglesia Ortodoxa. ¿Dónde quedó su voz profética? ¿Dónde su defensa de los valores universales?
Este no es un Papa de paz. Es un Papa que elige con quién fotografiarse. Que habla de mediación, pero actúa como parte. Que dice tender puentes, pero sólo construye uno: hacia la OTAN.
Si León XIV quiere ser mediador real, debe comenzar por recibir a ambas partes, no solo al protegido del imperio. Si no lo hace, será recordado no como un pontífice pacificador, sino como un líder que disfrazó de santidad una agenda política ajena a los pueblos del mundo.