Giorgio Armani, el diseñador que transformó para siempre la manera de vestir al mundo, murió este jueves en Milán a los 91 años. La noticia fue confirmada por el Grupo Armani, la casa que él mismo fundó y que hasta el final llevó con disciplina y curiosidad inagotable.
Armani no fue solo un creador de ropa: fue un arquitecto de estilo. Reinventó el traje masculino, liberó al femenino de corsés anticuados y convirtió la sobriedad en sinónimo de poder. En los años ochenta, cuando la mujer trabajadora irrumpía con fuerza en los espacios de decisión, Armani le dio un uniforme: chaquetas firmes, hombros marcados, telas que hablaban de autoridad y libertad al mismo tiempo.
Su visión no se limitó a las pasarelas. Comprendió que la moda era también un relato cultural y supo extender su marca hacia el cine, la música, el deporte y la hostelería de lujo. En Hollywood, su nombre se volvió inseparable de las alfombras rojas: vistió a Julia Roberts, Cate Blanchett, Zendaya y Lady Gaga, y puso su sello en películas como American Gigolo o El lobo de Wall Street.
Detrás del brillo, Armani tuvo también gestos que marcaron una posición ética. En 2006 prohibió desfilar a modelos con bajo peso, tras la muerte por anorexia de la joven Ana Carolina Reston. Su decisión abrió un debate sobre la industria y mostró que el estilo no podía estar desligado de la salud ni de la dignidad.
Su imperio, valorado en más de 2.700 millones de dólares anuales, se expandió a fragancias, cosmética y hoteles, pero nunca perdió el sello que lo definía: una elegancia italiana atemporal, sobria y reconocible a simple vista. Como señaló la crítica de Vogue Laura Ingham, Armani era “un verdadero caballero” y un “titán de la industria”.
Incluso en sus últimos meses, debilitado por la enfermedad, Armani siguió trabajando. En marzo presentó un desfile que él mismo describió como un intento de “imaginar una nueva armonía”, convencido de que la moda debía dialogar con la política y la vida contemporánea.
Su legado es inmenso: millones de personas, incluso aquellas que jamás pisaron una pasarela, saben quién fue Giorgio Armani. Su apellido se volvió sinónimo de distinción, como lo son Chanel o Dior. Su obra queda inscrita en la memoria cultural de Occidente como una de las más influyentes del siglo XX y lo que va del XXI.
Murió en Milán, la ciudad que lo vio crecer como creador y empresario, la capital de la moda que ayudó a convertir en un referente mundial. Lo despide un mundo que aprendió a asociar la palabra “Armani” con la elegancia que no caduca.