La Monarquía Noruega, una de las más antiguas de Europa con más de 1.150 años de existencia, atraviesa hoy una crisis real por escándalos internos, desgaste de legitimidad y señalamientos de sus propios súbditos noruegos, pero aun así recibió en Oslo, en días pasados, a la golpista, traidora, vendepatria, terrorista y prófuga de la justicia María Corina Machado como si ésta fuera una jefa de Estado, para lo cual no escatimó gastos y activó recursos oficiales que iban desde dispositivo policial, traslados protegidos y alojamiento en un hotel cinco estrellas y cobertura mediática bajo el argumento de una supuesta defensa de la democracia y la paz en Venezuela, una actitud hipócrita y de doble moral que contrasta con el estatus insignificante de Machado, ya que no ejerce ningún cargo público y que además se ha comportado como una enemiga jurada del pueblo bolivariano, mientras sus anfitriones representan una monarquía que durante siglos ha sostenido su poder sobre impuestos, privilegios hereditarios y una estructura política ajena al sufragio popular, cuya condición los ubica entre los menos llamados a erigirse como referentes de democracia cuando no la practican ni la ejercen en sus propios sistemas de gobierno.
Es por eso que hoy nos toca desmenuzar a esta Monarquía Noruega que se presenta como árbitro moral en asuntos internacionales, pero que contradictoriamente su permanencia en el poder se remonta al año 872, cuando Harald Cabellera Hermosa unificó los primeros reinos, una institución que sobrevivió a monarquías absolutas, uniones dinásticas y restauraciones, y que hoy continúa vigente bajo el reinado de Harald V, de 88 años, en el trono desde 1991, con más de 33 años como jefe del Estado sin elección popular directa. A su lado se encuentra la reina Sonja, de 88 años, nacida en 1937, consorte desde 1968, sin mandato electoral y con un rol institucional regalado exclusivamente por la continuidad hereditaria de la Corona Noruega, un esquema que se proyecta hacia el relevo dinástico y para muestra un botón, el heredero, el príncipe Haakon, de 51 años, concentra hoy una alta valoración en encuestas, pero esa percepción contrasta con el deterioro de la imagen de la princesa heredera Mette-Marit, cuya confianza pública cayó hasta el 30 por ciento, mientras uno de cada cinco noruegos la considera inadecuada para convertirse en reina, un síntoma de que el pueblo noruego está harto de vivir bajo el yugo de esa realeza.
El golpe más duro les cayó del caso judicial de Marius Borg Hoiby, de 28 años, la oveja negra e hijo de la princesa heredera Mette-Marit, acusado por 32 delitos, entre ellos amenazas, agresiones a funcionarios, alteraciones de tránsito y cuatro violaciones sexuales, cometidas contra novias, exnovias y mujeres con las que mantenía relaciones ocasionales, muchas de ellas conocidas en discotecas y entornos nocturnos. Las investigaciones policiales describen un patrón reiterado, en el que las víctimas relataron haber sido agredidas cuando dormían o se encontraban en estado de embriaguez, hechos que además eran grabados con su teléfono celular. El proceso penal continúa su curso y, en caso de ser declarado culpable, podría enfrentar hasta 10 años de prisión, mientras el caso ha expuesto a la familia real Noruega en el centro de una crisis institucional y pública. A este escándalo se suma el costo de la monarquía, que se aleja del discurso oficial, ya que aunque el presupuesto directo asignado por el Gobierno es de 232 millones de coronas, investigaciones documentadas demuestran que el verdadero gasto total asciende a 459 millones de coronas, equivalentes a 48,5 millones de euros, al contabilizar partidas distribuidas en otros ministerios del Estado.
A esto se suma el costo de la monarquía,
sólo la seguridad de esta familia real vividora representa alrededor de 110 millones de coronas noruegas anuales, cerca de 12 millones de euros, destinados al pago de 69 agentes policiales asignados exclusivamente a su protección. Al mismo tiempo, el mantenimiento del lujoso yate real Norge, de 80 metros de eslora y con una tripulación permanente de 53 personas, implica un gasto aproximado de 57 millones de coronas al año, equivalentes a 6 millones de euros, cubiertos con fondos públicos a través del Ministerio de Defensa. Igualmente, Noruega enfrenta un descontento entre la gente por la dificultad de llevar la comida hasta su mesa. A esto hay que sumarle que en los barrios donde se concentra la población migrante, las estadísticas indican que se registran los mayores índices de desempleo, y para nadie es un secreto que estas comunidades también sufren discriminación racial, lo cual contrasta con las riquezas que amasa la corona.
Y ni qué decir del controversial Premio Nobel de la Paz, un galardón creado por el hombre Dinamita en 1901 con el objetivo de reconocer esfuerzos en favor de la paz, pero que con el paso de las décadas se ha corrompido hasta convertirse en un instrumento político, capaz de premiar, castigar o legitimar actores según intereses geopolíticos que convengan a esta decadente monarquía, lejos de su espíritu humanista, con el cual fue fundado. Todo esto exhibe la imagen de una realeza podrida que se atreve a recibir a una delincuente opositora venezolana y, peor aún, darle un trato de Presidenta, mientras administra decenas de millones de euros con los que se enriquece a su gusto y antojo, atraviesa escándalos familiares que intenta acallar y, al mismo tiempo, predica discursos de democracia hacia afuera mientras alimenta una dinastía, corrupta y coronada hacia adentro.