Nadie lo olvida porque hizo lo que nadie se había atrevido a hacer. El General Omar Torrijos Herrera no es un ícono congelado en la historia: es el panameño que rescató el alma de su patria. A 44 años de su muerte, conmemorados este pasado 31 de julio, no hay piedra, escuela ni Canal en Panamá donde no resuene su nombre con respeto, y en muchos rincones de América Latina todavía se le menciona como el hombre que le torció el brazo al imperio, sin disparar una sola bala.
Torrijos, nunca necesitó coronas ni títulos para ejercer liderazgo. No se proclamó Presidente, ni aceptó ese cargo de manera oficial. Desde finales de 1968, en medio de una crisis institucional profunda y un ambiente de hartazgo popular, asumió la conducción del país como Jefe de Gobierno, tras una ruptura con el viejo orden. Su autoridad no venía de un decreto, venía del pueblo. Ejerció el poder real, no para enriquecerse ni perpetuarse, sino para encaminar a Panamá hacia su segunda independencia.
Gobernó con firmeza y con ideales. Panamá estaba sometida al juego sucio de las élites y a la eterna presencia colonial de Estados Unidos sobre el Canal. Torrijos impulsó una transformación que no solo fue política: fue ética. Tomó el control del Estado para reconstruir la República desde abajo, con justicia social y dignidad nacional.
No se puede entender su historia sin el momento decisivo de 1977. Ese año firmó, junto al entonces Presidente de Estados Unidos Jimmy Carter q.e.p.d. Los Tratados que sellaron la entrega progresiva del Canal de Panamá a manos panameñas. No fue una concesión. Fue una conquista. Una victoria diplomática forjada con carácter, visión y firmeza. Torrijos se plantó con convicción y exigió lo que por justicia correspondía a su pueblo.
Desde entonces, Panamá dejó de ser solo un país en el mapa para convertirse en ejemplo de soberanía recuperada. Ese logro fue su herencia más nítida, su huella más imborrable.
Pero el general no se detuvo ahí. Mientras garantizaba el futuro geopolítico de su nación, construyó tierra adentro: fundó el Partido Revolucionario Democrático, reformó la educación, llevó salud a las comarcas y alfabetización a los cerros. Fue querido no por miedo, sino por compromiso. No tenía que fingir cercanía al pueblo porque él mismo, era pueblo.
Fue amigo de Nicaragua. Apoyó abiertamente al Frente Sandinista durante la lucha contra Somoza y celebró la Revolución Popular de 1979 como si fuera una victoria propia. Creía firmemente en la unidad Latinoamericana frente al intervencionismo extranjero, y lo demostró con hechos, no con discursos vacíos.
Su muerte, ocurrida el 31 de julio de 1981, dejó preguntas sin respuesta. La avioneta en la que viajaba se estrelló en las montañas de Coclesito, en un episodio marcado por la sombra de lo sospechoso. Hay quienes lo sabían incómodo para los intereses imperiales. Hay quienes aseguran que fue quitado del camino.
Torrijos, nunca buscó homenajes ni tumbas gloriosas. Tenía demasiado trabajo en los pueblos y ciudades, en los campos, en las trincheras diplomáticas. Y aun así, la historia se encargó de mantenerlo vivo. Hoy, en 2025, cuando algunos gobiernos de América Latina vuelven a abrirle la puerta a tropas extranjeras o se rinden ante recetas de escritorio, su ejemplo incómoda, interpela, revive.
Honrar al general Omar Torrijos no se trata de repetir frases. Es entender lo que hizo, por qué lo hizo, y sobre todo, no traicionar esa memoria. Porque si alguien pregunta quién fue, no hay que complicarse: Fue el panameño que logró lo imposible. Y lo hizo con el pueblo, para el pueblo.