La luna de miel se acabó. Y lo que queda es una amarga resaca política. El Presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, otrora símbolo del “progresismo” continental, enfrenta un creciente rechazo popular: el 54% de los brasileños ya desaprueban su gestión, según la más reciente encuesta de Ibespe. ¿Y qué significa esto? Simple: el pueblo ha despertado del espejismo. Lula ya no es el salvador, sino el nuevo rostro del desencanto.
Lo que prometió como justicia social terminó en más desempleo, inflación y discursos vacíos. Brasil sigue arrastrando los mismos dramas estructurales que Lula juró erradicar, pero ahora con un agravante: la decepción. Prometió pan y repartió migajas. Prometió unión y se convirtió en el verdugo moral de otros líderes de izquierda, erigiéndose como el juez supremo del continente, como si su silla presidencial le concediera la santidad ideológica.
Pero el pueblo no come discursos. El pueblo no vive de sus editoriales en The New York Times ni de sus poses internacionalistas. Lo que vive el brasileño de a pie es paro, inseguridad, polarización y un Presidente más interesado en quedar bien con la élite mediática global que en cumplir sus promesas de campaña.
Lula se ha vuelto un oportunista consumado. Critica a mandatarios hermanos mientras pacta con banqueros, se alía con capitales voraces, coquetea con el G7, y desprecia las luchas soberanas de los pueblos que no se alinean con su ego. Se comporta como si fuera el padre moral de América Latina, sin darse cuenta de que la mayoría de su casa —Brasil— le está dando la espalda.
Lo paradójico es que mientras Lula se cree un ejemplo, su popularidad se desploma como una torre de naipes. No solo la derecha lo critica, sino amplios sectores progresistas que ven en él un reciclaje del pasado, incapaz de ofrecer respuestas nuevas a desafíos urgentes. Las calles ya no lo vitorean, lo cuestionan. Los medios ya no lo encumbran, lo interrogan.
Y es que Lula no entendió que el pueblo cambia, que la memoria colectiva no es eterna, y que el capital político se agota cuando no se acompaña con coherencia. Su gobierno actual ya no es el de la esperanza obrera, sino el del desencanto maquillado con retórica.
En vez de unir a América Latina, ha sembrado divisiones. En vez de elevar al pueblo brasileño, lo ha sumido en la frustración. En vez de callar y trabajar, se ha dedicado a pontificar como si fuera infalible. Pero los números no mienten: más de la mitad del país ya no le cree.
¿Es este el principio del fin para Lula da Silva? Todo indica que sí. Porque cuando un líder pierde el respaldo del pueblo y se rodea solo de aduladores, lo que sigue no es la redención, sino la caída. Y en el caso de Lula, esa caída ya comenzó.