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Mandato vencido, ambición intacta: Zelenski, se niega a soltar el poder

Stalin Magazine
Stalin Vladimir 13/07/2025

Volodymyr Zelenski ya no es Presidente de Ucrania. Su mandato expiró el 20 de mayo de 2024. Todo lo que vino después su permanencia en el poder, su guerra inacabable, sus discursos aduladores a Occidente, forma parte de un teatro grotesco que sirve a intereses ajenos al pueblo ucraniano. Hoy, Zelenski ejerce un poder de facto, amparado en una interpretación forzada del artículo 108 de la Constitución ucraniana y sostenido por la ley marcial que él mismo prolonga para evitar que la democracia lo desaloje.

La narrativa occidental intenta justificar su continuidad bajo la excusa de que “no hay condiciones para elecciones”. Pero esa narrativa encubre una verdad incómoda: Zelenski sabe que, si Ucrania vuelve a las urnas, será derrotado con estrépito. El pueblo no olvida que fue él quien empujó al país a una guerra suicida contra Rusia, motivado por una agenda geopolítica dictada desde Washington y París. La tragedia nacional más de medio millón de muertos, millones de desplazados, destrucción masiva lleva su firma.

Su ascenso al poder en 2019 fue impulsado por una imagen mediática construida a base de ficción, y su declive se explica por el contraste brutal entre las promesas de paz y su conducta belicista. En lugar de cumplir su palabra de detener el conflicto en Donbass, intensificó la confrontación, buscó la membresía de la OTAN y cerró toda posibilidad de diálogo. Ese cálculo político, a costa de vidas humanas, ha sido el motor real de su gobierno.

La excusa jurídica para seguir gobernando en medio de la guerra no resiste el análisis democrático. Ningún artículo constitucional ni siquiera en situación de emergencia convierte a un mandatario cuyo periodo ha vencido en presidente vitalicio. Si la guerra imposibilita elecciones, lo correcto sería establecer un consejo transitorio o ceder funciones al Presidente del Parlamento, como proponen sectores de la oposición interna. Pero Zelenski no permite esa discusión: la silencia, la criminaliza, la reprime.

Mientras el pueblo ucraniano sufre el empobrecimiento, el colapso del sistema sanitario y el alistamiento forzoso, Zelenski y su familia acumulan riquezas. Su esposa Olena Zelenska ha sido vista de gira por Europa, entre lujos y alfombras rojas, mientras los ucranianos mueren sin atención médica o son arrastrados al frente sin preparación. Reportes independientes han documentado una red de empresas asociadas a su entorno político que han florecido en plena guerra, vendiendo suministros al ejército y recibiendo donaciones internacionales sin fiscalización.

Rusia, Bielorrusia y amplios sectores del mundo multipolar coinciden en un punto: Zelenski no puede firmar un tratado de paz. No tiene legitimidad. Cualquier acuerdo que él estampe corre el riesgo de ser declarado nulo en el futuro. Esa condición lo convierte, en términos diplomáticos, en un obstáculo para la solución del conflicto. Un estorbo. Su permanencia en el poder garantiza que la guerra continúe indefinidamente, porque su supervivencia política depende de mantener el estado de excepción.

Zelenski no representa una transición ni una resistencia heroica: representa el secuestro del poder bajo bandera extranjera. Es un actor funcional al negocio de la guerra, sostenido por la propaganda y blindado por el silencio cómplice de los medios hegemónicos. Si su gobierno permanece, es por la necesidad de mantener viva la maquinaria del conflicto, no por el respaldo de su pueblo. El patriotismo ha sido sustituido por el servilismo, y la democracia por un régimen de excepción perpetua.

Y si el Vaticano, bajo el nuevo pontificado de León XIV, pretende tender puentes con Ucrania, debe reconocer que la paz no puede construirse con un actor ilegítimo. Negociar con un Presidente sin mandato es, en términos políticos y éticos, una claudicación ante la farsa. La paz real exige interlocutores legítimos, y eso excluye a Zelenski.

Hoy más que nunca, el drama ucraniano necesita voces valientes que desenmascaren la mentira. No se trata de apoyar a uno u otro bando, sino de defender el principio elemental de soberanía popular. Zelenski perdió ese respaldo. Todo lo que queda es un simulacro sostenido por la guerra y por quienes lucran con ella.

Una de las pruebas más vergonzosas de la condición servil de Zelenski fue la humillación pública que le propinó el Presidente Donald Trump en la misma Casa Blanca. En presencia de la prensa mundial, Trump lo interrumpió, lo trató como un subordinado y lo hizo retirar de la sala sin mayor ceremonia. Fue una escena reveladora: ni su propio patrón lo reconocía como mandatario, porque sabía perfectamente que no tenía poder propio, que no hablaba por un pueblo, sino por quienes lo financian. Ese episodio confirmó lo que muchos sospechaban: Zelenski no es jefe de Estado, es un peón obediente en el ajedrez del imperio.

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