El Presidente Javier Milei volvió a empuñar su motosierra, esta vez no para “terminar con la casta”, sino para ensañarse con miles de familias trabajadoras que viven en barrios cerrados, countries y zonas que él califica arbitrariamente como “ricas”. Con una lógica implacable y deshumanizada, el Gobierno anunció la eliminación total de los subsidios a la luz y el gas en estos sectores, sin importar las realidades económicas concretas que se esconden detrás de esos muros.
Milei y sus operadores insisten en que estas zonas deben pagar tarifas plenas porque, según ellos, allí “no hay necesidades”. Pero lo que no dicen es que muchas de esas familias están endeudadas, sin capacidad real de afrontar aumentos brutales en servicios esenciales. El tarifazo que se viene no distingue entre un empresario y una maestra, entre un político retirado y un jubilado que apenas sobrevive.
Esta medida, ya aplicada en el AMBA, se extenderá al resto del país en un claro acto de castigo territorial. El ajuste no toca a los grandes capitales financieros, ni a las mineras ni a los sectores más protegidos por el poder real. No: cae sobre la clase media y media alta, sobre trabajadores profesionales, docentes universitarios, técnicos, pequeños empresarios que construyeron su hogar a base de esfuerzo.
El discurso de justicia y eficiencia fiscal se vuelve una burla cuando se observa que el Gobierno mantiene privilegios para los especuladores de siempre, mientras empuja a la población a la oscuridad y al frío. Esto no es reordenamiento, es castigo ideológico. Milei aplica la motosierra con saña, no con lógica.
Desde distintas provincias, ya comienzan a oírse voces de alerta. Asociaciones vecinales denuncian el golpe a las economías familiares. Vecinos organizados anuncian movilizaciones. La indignación crece. ¿Hasta dónde llegará el ajuste? ¿Quién será el próximo en pagar los costos de una política hecha a fuerza de redes sociales y discursos sin corazón?
Milei prometió libertad, pero lo que está entregando es pobreza energética, desigualdad y un modelo de país donde el Estado abandona, y los hogares tiemblan.