
Colombia volvió a estremecerse este 11 de agosto. Miguel Uribe Turbay, senador y candidato presidencial del partido Centro Democrático, murió a los 39 años como consecuencia de las heridas que sufrió el pasado 7 de junio, cuando fue atacado a tiros en un acto de campaña en el barrio Modelia, en Bogotá. Con su muerte, el país revive los fantasmas de una violencia política que creía haber dejado atrás.
Uribe Turbay, hijo de la periodista asesinada Diana Turbay y nieto del expresidente Julio César Turbay Ayala, permaneció dos meses en la Fundación Santa Fe, una de las clínicas más reconocidas de la capital. Allí fue sometido a múltiples cirugías para intentar detener un sangrado intracerebral y un edema cerebral persistente. El sábado pasado su estado se agravó de forma irreversible. Hoy, su esposa, María Claudia Tarazona, confirmó la noticia con un mensaje cargado de dolor y promesas incumplidas por la tragedia: “Nuestro amor trasciende este plano físico. Espérame…”.
El crimen, perpetrado por un menor de apenas 14 años y por el que ya hay otros dos detenidos, ocurrió a plena luz del día y frente a decenas de asistentes. Los disparos interrumpieron abruptamente su discurso, mientras presentaba propuestas de campaña. Sus escoltas lo sacaron de la tarima improvisada en segundos, pero la violencia ya había marcado su destino.
La figura de Miguel Uribe Turbay había crecido con rapidez en la política colombiana. Abogado de la Universidad de Los Andes y con maestría en Administración Pública en Harvard, se estrenó como concejal de Bogotá en 2012, con apenas 25 años, desde donde se convirtió en una de las voces más críticas del entonces alcalde Gustavo Petro. En el Senado, se posicionó como uno de los principales opositores al actual Presidente, rechazando la política de “paz total” y defendiendo una línea dura frente a los grupos armados.
Su asesinato evoca un pasado doloroso para Colombia, marcado por el exterminio de candidatos presidenciales en las décadas de 1980 y 1990, como Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro. Para muchos, la escena de Modelia reabrió heridas que nunca terminaron de cicatrizar y confirma que la violencia política sigue siendo un riesgo latente.
Uribe Turbay deja a su esposa, tres hijastras que él adoptó como propias y un hijo de cuatro años. La misma edad que él tenía cuando perdió a su madre, asesinada en 1991 durante un fallido operativo de rescate en poder del cartel de Medellín. Ese paralelismo trágico no ha pasado inadvertido: la violencia le arrebató a un niño a su madre, y tres décadas después, a un niño a su padre.
Más de 70.000 personas marcharon en junio para exigir justicia y rechazar el atentado. Hoy, esas calles vuelven a llenarse, pero con un duelo que se mezcla con la rabia y el miedo. En redes sociales, miles de mensajes denuncian que el magnicidio es un golpe a la democracia y un síntoma de que la seguridad sigue siendo una deuda pendiente.
La investigación continúa y las autoridades aseguran que no se descarta ninguna hipótesis. Entre tanto, Colombia se enfrenta a una verdad incómoda: el país que juró no repetir su historia, hoy llora a otro líder caído antes de tiempo.