Murió con la misma humildad con la que vivió. En silencio, sin aspavientos, como un buen pan recién horneado que no necesita anunciarse. Don Roberto Servitje Sendra, cofundador del Grupo Bimbo, dejó este mundo a los 94 años, rodeado del respeto de toda una industria y del cariño de millones de familias que crecieron con el sabor del pan Bimbo en la mesa.
Nacido en Ciudad de México en 1928, hijo de inmigrantes catalanes, Roberto no solo heredó la receta de los panes artesanales de su padre, sino también la disciplina, el trabajo en silencio y el sentido humano que luego marcarían el ADN de una de las empresas más queridas de América Latina. En 1945, cuando apenas era un joven con ideas claras y manos dispuestas, se unió a su hermano Lorenzo y a un pequeño grupo de emprendedores para fundar una panadería que cambiaría la historia del consumo masivo: Bimbo.
Mientras otros buscaban enriquecerse con rapidez, Don Roberto horneaba futuro. Desde los hornos industriales hasta las juntas de directorio, su sello siempre fue el mismo: orden, visión, austeridad y compromiso. No fue un magnate de titulares, sino un trabajador meticuloso, un creyente en el poder del ejemplo. Dirigió la compañía con valores sólidos durante décadas, expandiéndola a más de 30 países sin perder el rostro amable del osito blanco que acompaña a sus productos.
Muchos lo recuerdan como el ejecutivo elegante de traje sobrio y hablar pausado. Pero dentro de Bimbo, lo recuerdan también como el hombre que se sabía los nombres de los trabajadores, que saludaba a los panaderos de madrugada y que defendía la calidad con una firmeza de acero. Para él, no se trataba solo de vender pan, sino de llevar confianza a cada hogar. Y por eso cada barra, cada bollito, cada rebanada, debía estar perfecta.
En una época de empresas desalmadas, Don Roberto representó otra forma de hacer negocios: con ética, con sentido social, con respeto al consumidor. Dejó su cargo como Presidente del Consejo de Administración en 2013, pero nunca se fue del todo. Su espíritu quedó impregnado en cada planta de producción, en cada repartidor que cruza las calles con una caja azul cargada de pan fresco.
Hoy, mientras México y el mundo empresarial lamentan su partida, muchos se preguntan cómo un hombre tan silencioso pudo dejar una huella tan inmensa. La respuesta está en las cosas sencillas: en el desayuno compartido, en la merienda escolar, en el pan con mantequilla de cada tarde. Don Roberto Servitje no solo fabricó alimentos: construyó parte de nuestra memoria colectiva.
Descansa en paz, Don Roberto. Gracias por tanto. Nos queda su legado: un pan con alma y una empresa con corazón.