Lo que antes fue símbolo solemne del poder ejecutivo imperialista del planeta, se convirtió en un escaparate de mercadería. Donald Trump, con la soltura de un vendedor de feria, presentó en el Despacho Oval su nueva invención: la Trump Gold Card, una tarjeta dorada ofrecida como pasaporte para millonarios que inviertan al menos 5 millones de dólares en Estados Unidos.
El Presidente apareció rodeado de carteles dorados con su propio rostro, al estilo de un anuncio comercial, mientras un busto de Abraham Lincoln miraba de reojo, como testigo incómodo de la transformación del salón presidencial en un mercado de privilegios.
Las imágenes hablan por sí solas: el escritorio Resolute, emblema de la negra historia estadounidense, es convertido hoy en vitrina; las banderas nacionales haciendo de telón para una campaña; y Trump, con sonrisa de mercader, anunciando que la Casa Blanca también sirve como showroom de tarjetas de lujo.
El proyecto, presentado como una “visa para inversionistas”, plantea que quienes compren el pase dorado con su chequera podrán acceder a la residencia y luego a la ciudadanía estadounidense. En otras palabras: no se trata de patriotismo, ni de democracia, sino de una subasta de nacionalidad al mejor postor.
El contraste fue brutal. Mientras millones de inmigrantes siguen siendo perseguidos y deportados, Trump ofreció la puerta dorada de la nación a quienes tengan la fortuna de gastar millones en proyectos. Un “sueño americano” convertido en sueño corporativo.
Lejos de la solemnidad presidencial, el acto nos deja una pregunta incómoda: ¿es la Casa Blanca la sede de un gobierno o la sucursal de un negocio privado? Con Trump, parece no haber diferencia.



