Ni la muerte detiene la maquinaria política. Mientras el cuerpo frío del Papa Francisco aguardaba en silencio el homenaje de los fieles en la Santa Sede, en un rincón del Vaticano, dos figuras controversiales del tablero mundial cruzaban miradas y palabras cargadas de intereses: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y Volodímir Zelensky.Lejos de la solemnidad que impone el luto papal, la escena captada por los lentes muestra a ambos líderes negociando en pleno pasillo, en un diálogo privado, informal, pero cargado de simbolismo. ¿Qué podían estar discutiendo el presidente estadounidense y el presidente ucraniano mientras el líder espiritual de millones de católicos reposaba a escasos metros, envuelto en la tradición milenaria del Vaticano?La imagen revela la crudeza de un mundo donde las esferas del poder no respetan ni la muerte ni el duelo. Las guerras, los pactos, las conspiraciones siguen su curso, indiferentes ante la memoria de los muertos. Zelensky, con el ceño fruncido y las manos enérgicas, parece rogar o exigir algo. Trump, en su clásica postura dominadora, escucha, calcula, mide el terreno.Se desconoce qué temas abordaron exactamente, pero las circunstancias son elocuentes. Con la guerra en Ucrania estancada, con Europa en tensión y Estados Unidos preparando nuevas elecciones, ambos líderes encontraron un espacio –en medio de la despedida a un Papa– para mover fichas. La política, en su estado más crudo, despojada de ética, se exhibe sin pudor.¿Hablaron de la guerra? ¿De las armas? ¿De la paz? ¿De las elecciones? Poco importa. Lo que queda claro es que, incluso en los momentos de mayor recogimiento, los poderosos anteponen sus intereses a cualquier otra consideración. Ni la muerte de Francisco fue suficiente para frenar la ambición.Este episodio, retratado en la inmensidad marmórea del Vaticano, pasará a la historia como un símbolo de hasta dónde pueden llegar las negociaciones en las altas esferas: por encima de la solemnidad, por encima de la muerte, por encima de cualquier principio. Porque para los grandes del mundo, todo es negociable, incluso el respeto a los muertos.