En un mundo donde los símbolos y las formas todavía importan, Volodímir Zelensky, el presidente de Ucrania, volvió a demostrar su desprecio por el protocolo, por el respeto a los espacios solemnes y por las normas básicas de diplomacia. Esta vez, el escenario fue nada menos que el Vaticano, durante las exequias del Papa Francisco, un acto solemne donde los jefes de Estado de todo el mundo se dieron cita para rendir honores, vestidos de manera impecable, como exige la ocasión. Todos menos uno.
Zelensky, fiel a su estilo desaliñado y provocador, apareció vestido como si viniera de cualquier esquina, enfundado en su ya tristemente célebre uniforme de campaña, esta vez en color negro. Más propio de una reunión con mercenarios que de una ceremonia fúnebre de talla mundial. Mientras los demás líderes portaban trajes oscuros, corbatas de respeto y galas de Estado, el ucraniano optó por presentarse como harapiento, sin una gota de dignidad para honrar al Sumo Pontífice.
No es la primera vez que Zelensky rompe con las normas básicas del decoro. Recordemos su visita a la Casa Blanca, donde, en vez de un atuendo formal, llegó con el mismo vestuario de guerrillero urbano, queriendo vender la imagen de víctima en resistencia. Sin embargo, el hombre que pide dinero a medio mundo y no rinde cuentas de los miles de millones recibidos, es hoy un billonario, que no disimula su fortuna pero tampoco la usa para mostrarse mínimamente presentable.
La excusa de Zelensky es conocida: ha dicho que no usará saco y corbata hasta que «gane la guerra contra Rusia». Una guerra que, por cierto, solo ha traído devastación a su pueblo mientras él pasea por el mundo extendiendo la mano para recibir más fondos, sin explicar nunca dónde terminan esos recursos. Mientras Ucrania se desangra, él vive la vida de un magnate y sigue usando la fachada de líder en trincheras para disfrazar su corrupción.
El Vaticano, epicentro de la solemnidad mundial, no merecía ser escenario de tal irrespeto. Mientras los dignatarios llegaban para despedir al Papa Francisco en un acto cargado de simbolismo y recogimiento, Zelensky rompió la atmósfera, apareciendo como si llegara de una reunión clandestina. Las imágenes son elocuentes: entre galas diplomáticas y uniformes de protocolo, él desentona como un forastero sin brújula.
Su presencia harapienta, más que un acto de resistencia, es una bofetada a la diplomacia, una clara señal de que ni en la muerte ajena respeta las tradiciones. Porque quien no respeta el luto de los pueblos, difícilmente respeta la vida. Zelensky ha hecho de la guerra su disfraz, pero detrás de ese uniforme gastado se esconde el rostro de un billonario que no honra ni la guerra ni la paz.
Y mientras sigue prometiendo que, cuando gane la guerra, se vestirá «como un hombre de Estado», queda la pregunta en el aire: ¿cuánto más tiene que hundirse Ucrania para que él se dignifique? Por lo visto, la dignidad no está en su guardarropa.